Sobre mí,   

Sobre Él.

Solo las letras pueden osar una descripción onírica de Aquel que, por esencia y definición, es indescriptible.

Pero juguemos al juego de las letras, volemos en las intuiciones de nuestras mejores horas, recojamos el polvo de estrellas que los adeptos nos han regalado y tratemos, reconociendo nuestra impotencia, de atrapar pequeños fragmentos de la realidad impalpable que nos envuelve día y noche. De esa que solo podemos acariciar con nuestro aliento, cuando nuestro cuerpo, en estado catatónico, deja de ser un obstáculo, cuando nuestra mente acepta la intuición de una presencia sutilmente escondida en los pliegues de la creación, pero más real que todo lo que vemos, oímos o tocamos…

Juguemos a detectives cósmicos, que, en vez de tratar de encontrar al malhechor, tratan de encontrar al Creador; a aquel que, estando en todas partes, no puede ser percibido en ninguna; que, hallándose más cerca de nosotros que nuestras propias manos, no puede ser acariciado. 
El mismo que, en los átomos, es demasiado pequeño para atraparlo y, en las galaxias, demasiado grande para abrazarlo. Aquel cuya voz de trueno y de cascada toca nuestros tímpanos sin que podamos descifrar su secreto.

Los detectives que utilicen la inteligencia y la deducción lo perderán, pero aquellos que se dejen guiar por los latidos de su corazón tal vez lo encontrarán en la sonrisa de un niño, en el brillo de los ojos de un abuelo, en el titilar infinito de las estrellas o en aquellos que, a nuestro lado, saborean el dulce amargo de la vida, que se renueva y palpita cada día.

Nota: cualquier parecido de los personajes con personas reales, o hechos del presente o del pasado es pura casualidad.